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lunes, 16 de mayo de 2016

Adelanto: Capítulo 2 (1-Terreille): Hija de Sangre - Anne Bishop


Capítulo 2

  

1-Terreille


En el crepúsculo del otoño, Saetan estudió el santuario, un lugar olvidado de piedra desmoronada, lleno de bichos pequeños y recuerdos. Sin embargo, dentro de este lugar resquebrajado estaba un Altar Oscuro, una de las trece puertas que unía los Reinos de Terreille, Kaeleer, y el Infierno.

El Altar de Cassandra.

Envuelto en un escudo de invisibilidad y un escudo psíquico Negro, Saetan se arrastró por las estériles habitaciones exteriores, bordeando los charcos de agua que dejó la tormenta de la tarde. Un ratón, en busca de alimento entre las piedras caídas, no detectó su presencia al pasar. La Bruja que vivía en este laberinto de habitaciones no lo sentiría tampoco. A pesar de que ambos eran portadores de Joyas Negras, su fuerza era sólo un poco más oscura, sólo un poco más profunda que la de ella.

Saetan se detuvo en la puerta de la habitación. Las cubiertas de la cama parecían bastante nuevas. Lo mismo las cortinas pesadas, que caían de la ventana. Las iba a necesitar cuando descansara durante las horas diurnas.

Al comienzo de la media-vida, los cuerpos de los Guardianes conservaban muchas de las capacidades de los vivos. Ingerían alimentos como los vivos, bebían sangre como los demonios-muertos, y podían caminar en la luz del día, a pesar de que preferían el crepúsculo y la noche. Con el paso de los siglos,  la necesidad de sustento disminuía hasta que sólo el yarbarah, el vino de sangre, era necesario. La preferencia por la oscuridad se convertía en necesidad ya que la luz del día les drenaba la fuerza causándoles dolor físico.

La encontró en la cocina, tarareando fuera de tono mientras tomaba una copa de vino de la alacena. Su vestimenta, de color de barro, estaba manchada de suciedad. Su largo cabello trenzado, estaba apagado ahora en un rojo polvoriento, velado con telarañas. Cuando se volvió hacia la puerta, aún inconsciente de su presencia, la luz del fuego le suavizó la mayor parte de los rasgos del rostro, rasgos que él conocía, porque estaban en el retrato que colgaba en su estudio privado, el retrato que conocía tan bien. Había envejecido desde la muerte, que no fue una muerte.

Pero así estuvo para él.

Dejó caer el escudo de invisibilidad y el psíquico.

La copa se hizo añicos en el suelo.

—¿Practicando el Arte del hogar, Cassandra? —preguntó suavemente, luchando para aplacar la abrumadora sensación de traición.

Ella se alejó de él.
—Debí imaginarme que ella te lo diría.

—Sí, debisteis hacerlo. También deberías haber supuesto que vendría. —Arrojó su capa sobre una silla de madera, con gravedad, divertido por la forma en que sus ojos esmeralda se abrieron cuando se dio cuenta de cómo en gran medida se apoyaba en el bastón—. Soy viejo, Señora. Muy inofensivo.

—Nunca has sido inofensivo, —dijo con aspereza.

—Es cierto, pero nunca os ha importado cuando teníais un uso para mí. —Miró hacia otro lado cuando ella no respondió—. ¿Me odiáis tanto?

Cassandra fue hacia él.
—Nunca te he odiado, Saetan. Yo...

Te tenía miedo.

Las palabras quedaron flotando entre ellos, sin ser dichas.

Cassandra desvaneció la copa de vino rota.
—¿Queréis un poco de vino? No hay yarbarah, pero tengo un poco de rojo decente.

Saetan se instaló en una silla junto a la mesa de pino.
—¿Por qué no estáis bebiendo yarbarah?

Cassandra trajo una botella y dos copas a la mesa.
—Es difícil de encontrarlo aquí.

—Os enviaré algunos para ti.

Bebieron el primer vaso de vino en silencio.

—¿Por qué? —preguntó él finalmente.

Cassandra jugueteó con su copa de vino.
—La Reinas portadoras de la Joya Negra son pocas y distantes entre sí. No había nadie que me ayudara cuando me convertí en Bruja, nadie con quien hablar, nadie que me ayudara a prepararme para los cambios drásticos en mi vida después de que hice la Ofrenda. —Ella se rió sin humor—. No tenía idea de lo que significaba ser Bruja. No quería ser la siguiente en atravesar por la misma cosa.

—Podrías haberme dicho que pretendíais convertiros en Guardián en lugar de fingir la muerte final.

—¿Y tenerte alrededor como el leal Consorte, fiel a una Reina que ya no necesitaba uno?

Saetan volvió a llenar los vasos.
—Podría haber sido un amigo. O bien, podrías haberme despedido de tu corte si es eso lo que queríais.

—¿Despedirte? ¿a ti? Eras... eres... Saetan, el Príncipe de la Oscuridad, el Lord Supremo del Infierno. Nadie te descarta. Ni siquiera la Bruja.

Saetan se la quedó mirando.
—Maldita seáis, —dijo con amargura.

Cassandra sacudió con cansancio un pelo suelto en la cara.
—Está hecho, Saetan. Fue varias vidas atrás. Hay una niña en quien pensar ahora.

Saetan observó el fuego ardiendo en la chimenea. Ella tenía derecho a su propia vida, y ciertamente no era responsable de la suya, pero ella no entendía o no quería entender, lo que la amistad podría haber significado para él. Incluso si nunca la hubiera visto de nuevo, saber que todavía existía, habría aliviado algo del vacío. ¿Se habría casado con Hekatah si no se hubiera sentido tan desesperadamente solo?

Cassandra entrelazó sus dedos alrededor de su copa.
—¿La habéis visto?

Saetan pensó en su estudio y resopló.
—Sí, la he visto. Seguro que sí.

—Ella va a ser la Bruja. Estoy segura de ello.

—¿Va a ser? —Los ojos dorados de Saetan se estrecharon—. ¿A qué os réferis con  va a ser? ¿Hablamos de la misma niña? ¿Jaenelle?

—Por supuesto que estamos hablando de Jaenelle, —espetó.

—Ella no va a ser la Bruja, Cassandra. Ella ya es la Bruja.

Cassandra negó con la cabeza vigorosamente.
—No es posible. La Bruja siempre porta la Joya Negra.

—Igual que la hija de mi alma, —Saetan respondió en voz demasiado baja.

Tardó un rato en entender. Cuando lo hizo, levantó la copa de vino con manos temblorosas y la vació.
—¿Cómo lo sa...?

—Me mostró las Joyas con las que fue dotada. Un conjunto completo sin cortar de Joyas claras -y fue la primera vez en la que alguna vez escuche a alguien referirse a la Joya Gris Ébano como una de las claras- y trece Negras sin cortar.

El rostro de Cassandra se volvió gris. Saetan frotó suavemente sus manos heladas, preocupado por la conmoción en sus ojos. Ella fue quien vio a la niña por vez primera en su maraña. Ella fue quien le contó al respecto. ¿Acaso sólo vio a la Bruja, pero sin entender lo que venía?

Saetan puso un hechizo de calentamiento en su capa y la envolvió con ella, después calentó otra copa de vino con una pequeña lengua de Fuego de Brujas. Cuando los dientes le dejaron de traquetear, regresó a su propia silla.

Sus ojos esmeralda hicieron la pregunta que no podía poner en palabras.

—Lorn, —dijo en voz baja—. Obtuvo las Joyas de Lorn. —Casandra se estremeció.

—Madre Noche. —Ella sacudió su cabeza—. No se suponía que iba a ser así, Saetan. ¿Cómo vamos a controlarla?

Su mano se sacudió cuando volvió a llenar el vaso. Vino salpicó sobre la mesa.
—No tenemos control sobre ella. Ni siquiera vamos a intentarlo.

Cassandra golpeó la palma de la mano sobre la mesa.
—¡Es una niña! Demasiado joven para entender tanto poder, y no está emocionalmente preparada para aceptar las responsabilidades que vienen con él. A su edad, es demasiado abierta a la influencia.

Casi se le preguntó a qué influencia temía, pero la cara de Hekatah le vino a la mente. Bonita, encantadora, intrigante, maliciosa Hekatah, que se había casado con él porque pensó que la haría la Suma Sacerdotisa de Terreille al menos o, posiblemente la hembra dominante en los tres Reinos. Cuando se negó a plegarse a sus deseos, lo intentó por su cuenta causando la guerra entre Terreille y Kaeleer, una guerra que dejó a Terreille devastada por siglos y fue la razón por la cual muchas de las razas Kaeleer cerraron sus tierras a los extranjeros y nunca fueron vistos o escuchados de nuevo.

Si Hekatah posara sus garras en Jaenelle y moldeara a la chica a su propia imagen codiciosa, ambiciosa...

—Hay que controlarla, Saetan, —dijo Cassandra, observándolo.

Saetan negó con la cabeza.
—Incluso si estuviera dispuesto, no creo que pueda. Hay una niebla suave alrededor de ella, un dulce, negra niebla fría. No estoy seguro, aún joven como es, que me gustaría averiguar lo que se encuentra debajo de ella sin su invitación. —Molesto por la forma en que Cassandra siguió mirándolo, Saetan dio un vistazo a la cocina y se dio cuenta de un dibujo burdo clavado en la pared—. ¿Dónde sacasteis eso?

—¿Qué? Ah, Jaenelle me lo dejó hace unos días y me pidió mantenerlo. Parece que estaba jugando en casa de un amigo y no quería llevar el dibujo a casa.  —Cassandra metió los mechones de pelos salidos de nuevo en su trenza—. Saetan, dices que hay una niebla suave alrededor de ella. Hay una neblina alrededor de Beldon Mor, también.

Saetan frunció el ceño. ¿Qué le importaba el clima en alguna ciudad? Ese cuadro cargaba una respuesta, si pudiera averiguarla.

—Una niebla psíquica, —dijo Cassandra, golpeando con los nudillos sobre la mesa—, que mantiene a los demonios y Guardianes fuera.

Saetan prestó atención de golpe.
—¿Dónde está Beldon Mor?

—En Chaillot. Esa es una isla al oeste de aquí. Se puede ver desde la colina detrás del santuario. Beldon Mor es la capital. Creo que Jaenelle vive allí. Traté de encontrar una manera de entrar...

Ahora tenía toda su atención.
—¿Estáis loca? —Se pasó los dedos por el pelo negro—. Si está haciendo tanto esfuerzo para conservar su privacidad, ¿por qué estáis tratando de invadirla?

—Debido a lo que es, —dijo Cassandra con los dientes apretados—. Pensé que sería obvio.

—No invadas su privacidad, Cassandra. No le des una razón para desconfiar de ti. Y la razón para ello debería ser obvia, también.

Pasaron unos minutos en tenso silencio.

La atención de Saetan cayó de nuevo a la imagen. Un uso creativo de los colores vivos, incluso si no podía averiguar lo que se suponía que era. ¿Cómo una niña capaz de crear mariposas, mover una estructura del tamaño del Hall, y crear un escudo psíquico que sólo mantenía a específicos de seres, fuera tan inútil en el Arte básica?

—Es torpe, —Saetan susurró mientras sus ojos se abrieron.

Cassandra lo miró con cansancio.
—Es una niña, Saetan. No podéis esperar que tenga la formación o el control...

Ella gritó cuando la agarró del brazo.
—¡Pero de eso se trata! Para Jaenelle, hacer cosas que requieran enormes gastos de energía psíquica es como darle un pedazo grande de papel y palillos de colores en los que puede envolver el puño. Las cosas pequeñas, las cosas básicas con las que solemos comenzar, porque no requieren una gran cantidad de fuerza, es como pedirle que use un simple cepillo de pelo. No tiene el control físico o mental, aún, para hacerlo. —Cayó en la silla, exultante.

—Maravilloso, —Cassandra dijo con sarcasmo—. Así que no puede mover los muebles alrededor de una habitación, pero puede destruir todo un continente.

—Nunca haría eso. No está en su temperamento.

—¿Cómo podéis estar seguro? ¿Cómo vais a controlarla?

Ya estaban otra vez con lo mismo.

Tomó su capa de nuevo y la colocó sobre sus hombros.
—No voy a controlarla, Cassandra. Ella es la Bruja. Ningún varón tiene el derecho de controlar a la Bruja.

Cassandra lo estudió.
—Entonces, ¿qué vais a hacer?

Saetan recogió su bastón.
—Quererla. Eso tendrá que ser suficiente.

—¿Y si no lo es?

—Tendrá que serlo. —Se detuvo en la puerta de la cocina—. ¿Puedo veros de vez en cuando?

Su sonrisa no alcanzó a sus ojos.
—Los amigos lo hacen.

Abandonó el santuario con sensación de júbilo y magullado. Había amado a Cassandra muy caro una vez, pero no tenía derecho a pedir nada de ella, salvo lo que el Protocolo dictaba que un Príncipe Warlord podría pedir a una Reina.

Además, Cassandra era su pasado. Jaenelle, que la Oscuridad lo ayudara, era su futuro.


3 comentarios:

  1. Gracias por este nuevo capitulo, ustedes alegran mis noches, besos chicas. Estuvo emocionante el capítulo, aunque tengo muchos nombres que recordar jajajaja.

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  2. Fina. Hola mil gracias por el capitulo, esta buenísimo, gracias por su trabajo, besos

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  3. Chicas, una y otra vez... gracias!! Son fantásticas chicas!! Un gran abrazo y espero con mucha ilusión continuar leyendo más de Anne Bishop. :)

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