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jueves, 5 de mayo de 2016

Adelanto: Adelanto Capítulo 1 (4-Infierno): Hija de Sangre - Anne Bishop



4-Infierno




Saetan se situó en el atril de lectura, las luces de las velas desbordaban un suave brillo a su alrededor mientras hojeaba un viejo texto del Arte. No se giró ante el golpe suave en la puerta de su estudio. Una sonda psíquica rápida le dijo quién estaba allí.

—Entrad. — Continuó hojeando el libro, tratando de controlar su temperamento, antes de tratar con ese pequeño demonio imprudente. Finalmente, cerró el libro y se dio vuelta.

Char se quedó cerca de la puerta, su postura orgullosa había regresado.

—El lenguaje es una cosa curiosa, Warlord, —dijo Saetan con engañosa suavidad—. Cuando has dicho "mañana", no esperaba que pasaran cinco días.

El miedo se arrastró en los ojos de Char. Sus hombros se marchitaron. Se volvió hacia la puerta, y una extraña mezcla de ternura, irritación, y resignación se extendió por su cara.

La niña se deslizó por la puerta, atraída de inmediato por la rigurosa pintura Dujae , Descenso a los Infiernos, que colgaba sobre la chimenea. Sus ojos azul cielo de verano, revolotearon sobre el amplio escritorio de madera negra, cortésmente saltando por encima de él, se iluminaron cuando vio las estanterías del suelo al techo que cubrían la mayor parte de una de las paredes, y se detuvieron en el retrato de Cassandra.

Saetan agarró el bastón con puño de plata, luchando por mantener el equilibrio mientras que las impresiones se estrellaron sobre él como un fuerte oleaje. Había esperado a una dotada cildru dyathe. ¡Esta chica estaba viva! Dada su habilidad necesaria para hacer esas mariposas,  había esperado que estuviera más cercana a la adolescencia. No podía tener más de siete años. Había esperado inteligencia. La expresión de sus ojos era dulce y decepcionantemente obtusa. ¿Y qué hacía una niña viva en el Infierno?

Luego ella se giró y lo miró. Mientras observaba a esos ojos azul cielo de verano cambiar a zafiro, el oleaje lo hizo viajar lejos.

Ojos antiguos. Ojos de torbellino. Atrapantes, sabedores, ojos videntes.

Un dedo helado susurró por su espina dorsal en el mismo momento que se llenó con un hambre intensa, inquietante. El instinto le dijo lo que era. A él le tomó un poco más de tiempo para encontrar el valor de aceptarlo.

No era la hija de sus entrañas, pero si la hija de su alma. No era sólo una bruja dotada, sino la Bruja.

Ella bajó los ojos y se ahuecó el pelo rizado en bucles de oro, al parecer, ya no estaba segura de su bienvenida.

Él pisoteó el deseo de cepillar esos ridículos rizos.

—¿Eres el Sacerdote?  —preguntó con timidez, entrelazando sus dedos—. ¿El Sumo Sacerdote del Hourglass?

Enarcó ligeramente su negra ceja, y una sonrisa leve y seca tocó los labios.
—Nadie me ha llamado así en mucho tiempo, pero, sí, yo soy el Sacerdote. Soy Saetan Daemon SaDiablo, el Lord Supremo del Infierno.

—Saetan,—dijo ella, como si tratara de soltar el nombre—. Saetan. —Fue una cálida caricia, una sensual y preciosa caricia—. Te viene bien.

Saetan reprimió una risa. Hubieron muchas reacciones ante su nombre en el pasado, pero nunca esto. No, nunca esto.
—¿Y tú eres?

—Jaenelle.

Esperó a el resto, pero no ofreció ningún apellido. A medida que el silencio se prolongó, una cautela repentina tiñó la habitación, como si ella esperara algún tipo de trampa. Con una sonrisa y un encogimiento de hombros desdeñoso para indicar que no tenía importancia, Saetan hizo un gesto hacia las sillas ante el fuego.

—¿Queréis venir a sentarte y hablar conmigo, niña bruja? Mi pierna no puede tolerar estar de pie por mucho tiempo.

Jaenelle fue a la silla más cercana a la puerta, con Char pegado, en una posesiva asistencia.

Los ojos dorados de Saetan destellaron con fastidio. ¡Por el fuego del infierno! Se había olvidado de el niño.
—Gracias, Warlord. Podéis marcharos.

Char farfulló una protesta. Antes de que Saetan pudiera responder, Jaenelle tocó el brazo de Char. No hubieron palabras pronunciadas, y él no pudo sentir un hilo psíquico. Lo que pasó entre los dos niños fue muy sutil, y no quedó duda de quién gobernaba. Char se inclinó cortésmente y salió del estudio, cerrando la puerta detrás de sí.

Tan pronto como estuvieron acomodados ante el fuego, Jaenelle fijó a Saetan en su silla con esos intensos ojos de zafiro.

—¿Podéis enseñarme el Arte? Cassandra dijo que lo harías si lo pedía.

El mundo de Saetan fue destruido y reconstruido en el espacio de un latido de corazón. No permitió que nada se evidenciara en su rostro. Ya habría tiempo para eso más tarde.

—¿Enseñarte el Arte? No veo el por qué no. ¿Dónde está Cassandra ahora? Hemos perdido el contacto con los años.

—En su altar. En Terreille.

—Ya veo. Venid aquí niña bruja. —Jaenelle se levantó obedientemente y se paró junto a la silla. Saetan levantó una mano, con los dedos curvados hacia adentro, y le acarició suavemente la mejilla. La ira al instante se desató en los ojos de ella, y hubo un impulso repentino en lo Negro, dentro de él. Mantuvo la mirada, dejando que sus dedos viajaran lentamente a lo largo de su mandíbula y cepilló contra sus labios, y recorrió su espalda. No trató de ocultar su curiosidad, interés, o la ternura que sentía por la mayoría de las mujeres.

Cuando hubo terminado, él juntó los dedos y esperó. Un momento más tarde, el pulso se había ido, y sus pensamientos eran suyos de nuevo. Mejor así, porque no podía dejar de preguntarse por qué fue afectado con tanta ira por parte de ella.

—Voy a haceros dos promesas, —le dijo—. Quiero una a cambio.

Jaenelle lo miró con cautela.
—¿Que promesa?

—Prometo, por las Joyas que llevo y todo lo que soy, que te enseñaré todo lo que me pidas con lo mejor de mi capacidad. Y os prometo que nunca voy a mentiros.

Jaenelle lo meditó.
—¿Qué tengo que prometer?

—Que me mantendrás informado sobre cualquier lección sobre el Arte que aprendas de otros. El Arte requiere dedicación para aprenderlo bien y disciplina para manejar las responsabilidades que vienen con este tipo de poder. Quiero tener la seguridad de que cualquier cosa que se te haya enseñado sea hecho correctamente. ¿Comprendéis, niña bruja?

—¿Entonces me vais a enseñar?

—Todo lo que sé. —Saetan la dejó pensar que eso era todo—. ¿Convenimos?

—Sí.

—Muy bien. Dadme las manos. —Tomó las pequeñas, pálidas manos, en las suyas marrón claro—. Voy a tocar tu mente. —La ira de nuevo—. No voy a haceros daño, niña bruja.

Saetan la alcanzó cuidadosamente con su mente hasta que se puso delante de sus barreras internas. Eran los escudos que protegían a los Sangre de su propia especie. Como anillos dentro de anillos, la mayoría de las barreras pasaban  por la más personal, el enlace mental. La primera barrera protegía los pensamientos cotidianos. La última barrera protegía el núcleo del Ser, la esencia de un ser, la red interior.

Saetan esperó. Por mucho que quisiera respuestas, no las abriría por la fuerza. Demasiado ahora dependía de la confianza.

Las barreras se abrieron y entró.

Él no hurgó en sus pensamientos o descendió más profundo de lo necesario, a pesar de su curiosidad. Eso habría sido una traición impactante del código de honor de los Sangre. Y había una extraña profunda negrura en su mente que le preocupaba, una neutralidad suave que estaba seguro que ocultaba algo muy diferente. Rápidamente encontró lo que buscaba: el hilo psíquico que vibra en simpatía con un hilo del mismo rango y le diría que Joyas portaba, o podría usar después de la ceremonia de Birthright. Empezó con la Blanca, el rango más claro, y se abrió camino hacia abajo, escuchando el zumbido de la respuesta.

¡Por el fuego del Infierno! Nada. No tenía expectativas hasta que había llegado a la Roja, pero había esperado una respuesta a esa profundidad. Ella tenía que llevar la Birthright Roja para poder portar la Negra después de que hiciera su Ofrenda a la Oscuridad. La Bruja siempre portaba la Negra.

Sin pensar, Saetan tiró del hilo Negro.

El zumbido provenía de debajo de él.

Saetan soltó las manos, sorprendido de que las suyas no temblaran. Tragó saliva para conseguir que su corazón saliera de su garganta.
—¿No habéis tenido la ceremonia del Birthright todavía?

Jaenelle languideció.

Él le levantó suavemente la barbilla.
—¿Niña Bruja?

La miseria llenó esos ojos de zafiro. Una lágrima rodó por su mejilla.
—Si n-no pasó la p-prueba. ¿Eso significa que tengo que devolver las Joyas?

—¿Fallar la prueba... Qué joyas?

Jaenelle deslizó su mano en los pliegues de su vestido azul y sacó una bolsa de terciopelo. La volcó sobre la mesa baja junto a su silla con una sonrisa de orgullo, pero acuosa.

Saetan cerró los ojos, inclinó la cabeza contra el respaldo de la silla, y sinceramente esperaba que la habitación dejara de girar. Él no tuvo que mirarlas para saber lo que eran: doce Joyas sin cortar. Blanca, Amarilla, Ojo de Tigre, Cielo de Verano, Crepúsculo púrpura, Ópalo Sangre, Verde, Zafiro, Roja, Gris y Gris Ébano.

Nadie sabía de dónde las Joyas habían venido. Si uno estaba destinado a portar una Joya, simplemente aparecía en el altar después de la ceremonia del Birthright o la de la Ofrenda a la Oscuridad. Incluso cuando era joven, recibir una Joya sin cortar, una joya que nunca hubo sido usada por otro de los Sangre, era raro. Su Birthright Joya Roja estaba cortada. Cuando fue dotado con la Negra, esa también ya había sido cortada. Pero recibir un conjunto completo de Joyas sin cortar... Saetan se inclinó y tocó la Joya Amarilla con la punta de la uña. Se encendió el fuego en el centro advirtiéndole que se fuera. Él frunció el ceño, desconcertado. La Joya ya se identificaba como fémina, como ser unido a una bruja y no a un varón de Sangre, pero ahí estaba un muy leve indicio de masculinidad en ella también.

Jaenelle se secó las lágrimas de las mejillas y sorbió.

—Las Joyas más claras son para practicar y para las cosas de todos los días hasta que estéis lista para manejar estas.

Ella volcó otra bolsa de terciopelo. La sala giró en todas las direcciones. Las uñas de Saetan perforaron los brazos del sillón de cuero.

¡Por el fuego del Infierno, Madre Noche, y que la Oscuridad sea misericordiosa!

Trece Joyas Negras sin cortar, Joyas que ya brillaban con el fuego interior de un lazo psíquico. Tener a una niña enlazada con una Joya Negra sin tener a su mente jalada a sus profundidades ya era suficientemente preocupante, pero la fuerza interior necesaria para unir y mantener a trece de ellas... El miedo se deslizó por su espalda, corrió por sus venas.

Demasiado poder. Demasiado. Ni siquiera los Sangre estaban destinados a manejar esa cantidad de energía. Ni siquiera la Bruja había controlado tanto poder antes.

Esta sí. Esta joven Reina. Esta hija de su alma.

Con esfuerzo, Saetan estabilizó su respiración. Él podría aceptarla. Podría amarla. O podría temerle. La decisión era suya, y lo que decidiera aquí, ahora, sería algo con lo que tendría que vivir.

Las Joyas Negras brillaban. La joya Negra en su anillo brillaba en respuesta. Su sangre latía en sus venas, haciéndole doler la cabeza. El poder de esas Joyas tiraba de él, exigiendo el reconocimiento.

Y descubrió que la decisión era sencilla, después de todo, realmente ya la había tomado mucho, mucho tiempo atrás.

—¿De dónde sacasteis estas, niña bruja? —preguntó con voz ronca.

Jaenelle se encogió de hombros.
—De Lorn.

—¿L-Lorn? —¿Lorn? Ese era el nombre de la más ancestral leyenda de los Sangre. Lorn fue el último Príncipe de los Dragones, la raza fundadora que había creado a los Sangre—. ¿Cómo... Dónde conocisteis a Lorn?

Jaenelle se retiró aún más en sí misma.

Saetan reprimió el impulso de sacudir la respuesta de ella y dejó escapar un suspiro teatral.
—Un secreto entre amigos, ¿verdad?

Jaenelle asintió.

Suspiró de nuevo.
—En ese caso, pretended que nunca os pregunté. —Él le golpeó suavemente la nariz con el dedo—. Pero eso significa que no podéis ir contándole nuestros secretos.

Jaenelle lo miró, con los ojos abiertos.
—¿Tenemos alguno?

—Todavía no,—gruñó él—, pero voy a inventarme uno sólo para que lo tengamos.

Ella dejó escapar una risa cristalina de terciopelo cubierto, un extraordinario sonido que evidenciaba  la voz que tendría en unos pocos años. Tanto como su rostro, que era demasiado exótico y delicado para ella ahora, pero, dulce Oscuridad, ¡cuando se convirtiera en esa cara!

—Ya está bien niña bruja, al grano. Guardadlas. No las necesitáis para esta...

—¿Clase? —preguntó, recogiendo las Joyas y metiendo las bolsas en los pliegues de su vestido.

—Tu primera lección de Arte básica.

Jaenelle languideció y se animó al mismo tiempo.

Saetan torció un dedo. Un pisapapeles rectangular se levantó de la mesa de madera negra y se deslizó por el aire hasta que se instaló en la mesa baja. El pisapapeles era una piedra pulida tomada de la misma cantera que las piedras usadas para construir el Hall en ese Reino.

Saetan posicionó a Jaenelle en frente de la mesa.

—Quiero que señaléis con un dedo al pisapapeles...  Así... Y movedlo tanto como te sea posible encima de la mesa.

Jaenelle vaciló, se lamió los labios, y señaló con el dedo.

Saetan sintió la oleada de poder a través de su Joya Negra.

El pisapapeles no se movió.

—Intentadlo de nuevo, niña bruja. En la otra dirección.

De nuevo estuvo la oleada, pero el pisapapeles no se movió.

Saetan se frotó la barbilla, confundido. Este era un Arte simple, algo con lo que no debería tener ningún problema en absoluto

Jaenelle se marchitó.
—Trato, —dijo con la voz quebrada—. Trato y trato, pero nunca logro hacerlo bien.

Saetan la abrazó, sintiendo un dolor agridulce en su corazón cuando posó sus brazos alrededor de su cuello.

—No importa, niña bruja. Se necesita tiempo para aprender de Arte.

—¿Por qué no puedo hacerlo? Todos mis amigos pueden hacerlo.

Reacio a dejar que se vaya, Saetan se obligó a abrazarla con los brazos extendidos.
—Tal vez deberíamos empezar con algo personal. Eso es por lo general más fácil. ¿Hay algo que te cause problemas?

Jaenelle se arregló el pelo y frunció el ceño.
—Siempre tengo problemas para encontrar mis zapatos.

Con eso bastara. —Saetan tomó su bastón—. Poned un zapato frente al escritorio y luego párate allí.

Cojeó hasta el otro lado de la habitación y se puso de espaldas al retrato de Cassandra, torvamente divertido por darle a su nueva Reina su primera lección del Arte bajo la mirada vigilante, pero sin conocimiento, de su última Reina.

Cuando Jaenelle se unió a él, dijo:
—Una gran cantidad de Artes manuales, requieren la traducción de la acción física en la acción mental. Quiero que os imaginéis, por cierto, ¿cómo os va con la imaginación? —Saetan vaciló. ¿Por qué se veía tan magullada? Sólo había tenido la intención de molestarla un poco, puesto que ya había visto la mariposa—. Quiero que os imaginéis recogiendo el zapato y traedlo aquí. Estírate hacia adelante, agarradlo, y ponedlo ahí.

Jaenelle estiró su brazo tanto como pudo, apretó su mano, y tiró.

Todo ocurrió a la vez.

Las sillas de cuero frente al fuego volaron hacia él. Él contrarrestó Arte con Arte y tuvo un momento para sentir una sacudida eléctrica cuando no pasó nada antes de una de las sillas lo golpeara en sus pies. Él cayó en la otra y tuvo el tiempo justo para hacerse un ovillo antes de que la silla detrás del escritorio de madera negra chocara contra la parte trasera de la silla en la que se encontraba y descendiera en la parte superior de la misma, apresándolo. Oyó libros encuadernados pasar zumbando por la habitación como pájaros enloquecidos antes de golpear el suelo con un ruido sordo. Sus zapatos repiqueteaba frenéticamente, tratando de escapar de sus pies. Y sobre todo estaba el lamento de Jaenelle:

—¡Para, para, para!

Unos segundos más tarde, se hizo el silencio.

Jaenelle escudriñó el espacio entre los brazos de la silla.

—¿Saetan? —dijo en voz baja y temblorosa—. Saetan, ¿estás bien?

Usando el Arte, Saetan envió a la silla de la parte superior de nuevo a la mesa de madera negra.

—Estoy bien, niña bruja. —Metió sus pies en los zapatos y se puso de pie con cuidado—. Eso ha sido más emoción de la que he tenido en siglos.

—¿De verdad?

Se enderezó la túnica negra y se alisó el pelo.
—Si, en verdad. —Y Guardián o no, un hombre de su edad no debería tener a su corazón galopando alrededor de su caja torácica así.

Saetan miró alrededor del estudio y sofocó un gemido. El libro que había estado en el atril flotaba en el aire, al revés. El resto de los libros formaban pilas en el piso del estudio. De hecho, el único objeto de cuero que no respondió a la convocatoria era el zapato de Jaenelle.

—Lo siento, Saetan.

Saetan apretó los dientes.
—Se necesita tiempo, niña bruja. —Se hundió en la silla. Tanto poder en crudo, pero aún así tan vulnerable hasta que aprendiera a usarlo. Un pensamiento estremeció su mente—. ¿Alguien más sabe acerca de la Joyas que Lorn te dio?

—No. —Su voz fue un susurro de la medianoche. Miedo y dolor llenaron los ojos de zafiro, y algo más, también, que era más fuerte que esos sentimientos superficiales. Algo que le heló hasta la médula.

Sin embargo, se heló aún más por el miedo y el dolor en sus ojos.

Incluso una niña fuerte, una niña de gran poder, sería dependiente de los adultos a su alrededor. Si su fuerza podía ponerlo nervioso a él, ¿cómo reaccionaría su gente, su familia,  si alguna vez descubrieran lo que estaba contenido dentro de esa pequeña cáscara? ¿Aceptarían a la niña que ya era la Reina más fuerte en la historia de los Sangre, o temerían al poder? Y si temían el poder, ¿tratarían de cortarle el paso quebrándola?

Una Noche Virginal realizada con malévola destreza podría despojarla de su poder, dejando intacto el resto. Sin embargo, dado que su red interior era tan profunda en el abismo, podría ser capaz de retirarse lo suficiente como para soportar la violación física, a menos que el varón fuera capaz de descender lo suficientemente profundo en el abismo para amenazarla incluso allí.

¿Había algún varón lo suficientemente fuerte, lo suficientemente oscuro y salvaje?

Había... uno.

Saetan cerró los ojos. Podría enviar a Marjong, dejar que el ejecutor hiciera lo que necesitaba ser hecho. No, aún no. No a ese uno. No hasta que hubiera una razón.

—¿Saetan?

De mala gana, abrió los ojos y vio, en un primer momento estúpidamente y luego con una creciente sensación de conmoción, como ella se levantaba una manga y le ofrecía su muñeca a él.

—No hay necesidad de un precio de sangre, —espetó.

Ella no saco su muñeca.
—Te hará mejor.

Esos ojos antiguos le quemaron, lo despojaron de su carne hasta que se estremeció, desnudo ante ella. Él trató de negarse, pero las palabras no salían. Podía oler la sangre fresca en ella, la fuerza de la vida bombeando a través de sus venas en la lucha contra el ritmo de su corazón palpitante.

—No así, —dijo con voz ronca, atrayéndola hacia él.— No conmigo. —Con la dulzura de un amante, le desabrochó el vestido y rozó la piel sedosa de su garganta con la uña. La sangre fluía, caliente y dulce. Él cerró la boca sobre la herida.

El poder de ella creció debajo de él, una lenta y negra ola hábilmente controlada, un maremoto que lo inundó, lo limpió, lo sanó aun cuando su mente se estremeció al encontrarse envuelta por una mente tan poderosa y tan suave. Le contó los latidos de su corazón. Cuando llegó a cinco, levantó la cabeza. No parecía sorprendida o asustada, las emociones habituales que los vivos sentían cuando eran requeridos para dar sangre directamente de la vena.

Ella le pasó un dedo tembloroso sobre sus labios.
—Si tomaras más, ¿Quedarías del todo bien?

Saetan convocó a un recipiente con agua tibia y le lavó la sangre de la garganta con un pañuelo de lino limpio. Él no estaba dispuesto a explicarle a la niña, lo que esas dos bocanadas de sangre ya estaban haciendo con él. Hizo caso omiso de la pregunta, esperando que no presionara por una respuesta, y se concentró en el Arte necesario para curar la herida.

—¿No? —preguntó ella, tan pronto como desapareció el lino y el cuenco.

Saetan vaciló. Le había dado su palabra de que no le mentiría.
—Sería mejor para la curación, tomar un poco a la vez. —Eso, al menos, era cierto—. ¿Otra lección mañana?

Jaenelle apartó rápidamente la mirada.

Saetan se tensó. ¿Se había asustado por lo que había hecho?

—Yo...Ya prometí a Morghann que le vería mañana y a Gabrielle el día después.

El alivio fue vertiginoso.
—¿En tres días, entonces?

Ella estudió su cara.
—¿No te importa? ¿No estás enojado?

Sí, le importaba, pero era la instintiva posesión de un Príncipe Warlord al mando. Además, tenía muchas cosas que hacer antes de verla otra vez.

—No creo que tus amigos apreciaran mucho si tu nuevo mentor se tomara todo tu tiempo, ¿verdad?

Ella sonrió.
—Probablemente no. —La sonrisa se desvaneció. La mirada magullada estaba de nuevo en sus ojos—. Tengo que irme.

Sí, tenía mucho que hacer antes de verla otra vez.

Ella abrió la puerta y se detuvo.
—¿Creéis en los unicornios?

Saetan sonrió.
—Los conocí una vez, mucho tiempo atrás.

La sonrisa que le dio antes de desaparecer por el pasillo iluminó la habitación, encendiendo los rincones más oscuros de su corazón.

¡Por el fuego del Infierno! ¿Qué pasó, SaDiablo?

Saetan agitó el zapato abandonado de Jaenelle hacia Andulvar y sonrió con sequedad.

—Una lección del Arte.

—¿Qué?

—Conocí a la fabricante de la mariposa.

Andulvar contempló el desastre.
—¿Ella hizo esto? ¿Por qué?

—No fue intencional, simplemente descontrol.  Tampoco es una cildru dyathe. Es una niña viva, una Reina, y ella es la Bruja.

La mandíbula de Andulvar cayó.
—¿Bruja? ¿Bruja como Cassandra?

Saetan reprimió un gruñido.
—No como Casandra pero, sí, la Bruja.

—¡Fuego del Infierno! la Bruja. —Andulvar sacudió la cabeza y sonrió.

Saetan se quedó mirando el zapato.
—Andulvar, amigo mío, espero que todavía tengáis todo bien puesto bajo tu cinturón como sueles presumir, porque estamos en serios problemas.

—¿Por qué? —Andulvar preguntó con suspicacia.

—Porque vais a ayudarme a entrenar a una Bruja de siete años, quién tiene en este momento el poder en bruto para convertirnos en polvo a ambos y sin embargo... —dejó caer el zapato en la silla—, es pésima en el Arte básico.

Mephis golpeó bruscamente y entró en el estudio, tropezando con una pila de libros.
—Un demonio me acaba de decir la cosa más extraña.

Saetan ajusto los pliegues de su capa y cogió su bastón.
—Sé breve, Mephis. Voy a una cita ya postergada hace mucho tiempo.

—Dijo que vio el Hall cambiar un par de pulgadas. La cosa entera. Y un momento después, cambió de nuevo.

Saetan se quedó muy quieto.
—¿Alguien más vio eso?

—No lo creo, pero...

—Entonces decidle que se muerda la lengua si no quiere perderla.


Saetan pasó por delante de Mephis, dejando el estudio que había sido su hogar durante los últimos diez años, dejando atrás a su preocupado hijo demonio-muerto.

2 comentarios:

  1. Me gusta la historia ....seguirán publicando los capítulos? ?? Felicidades por su trabajo.

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